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Public Enemies

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El mundo de las series policiales, de misterio o crímenes en Gran Bretaña, es tan amplio que cualquiera diría que la mayor cantidad de asesinos seriales y pervertidos sexuales se encuentra ahí, en las tierras de la corona inglesa, y no en el cliché norteamericano. Lo cierto en que en una de sus más valiosas expresiones culturales, que irónicamente es la televisión, se encuentra todo un mundo interesantes historias.

Otro punto a favor es la duración de muchas de ellas, miniseries en su máxima (o mínima) expresión. Así encontramos algo como Public Enemies, emitida este año en la pantalla de la BBC y con apenas tres capítulos, que resulta una buena experiencia televisiva para el espectador ávido de misterios no resueltos y un poquito de tensión sexual, ya que estamos.

Public Enemies tiene un punto a favor ni bien empezar: el reparto. Encontramos a Ana Friel (Pushing Daisies) y Daniel Mays (Outcasts) en los roles de una agente del programa de reinserción de ex convictos y un homicida recientemente liberado, acusado de haber asesinado a su novia diez años atrás.

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Being Human Temporada 4: sobreviviendo, dije, sobreviviendo.

Hay unas cuantas cosas que la serie promedio debe respetar para tener asegurado el éxito, o al menos para no tentar demasiado a la mala suerte, la ira de los fans y la decepción traducida en ratings en picada. Una de esas premisas es: hacé sufrir al/los protagonistas, cuanto más sufran la gente más se engancha, pero nunca los mates. Menos de manera definitiva… menos a todos los protagonistas. Una serie acéfala, tal como está planteada la industria, parece una locura destinada al fracaso. Si me lo preguntaban antes de ver Being Human, lo ratificaba. Si me lo decían habiendo visto ya un par de temporadas de Being Human, también lo hubiera sostenido. Pero, al fin de cuentas, esta serie no es normal y dio vuelta la tortilla. Al menos en mi caso.

En entradas anteriores sobre la temporada 3 y el programa en general habíamos hablado de una serie que volvió a traerle esperanza a ese errático concepto de modernizar los clásicos. Sin caer en el cliché adolescente de otras series como Teen Wolf y toda la generación Twilight, sin basarse en personajes carilindos y chatos y, sobre todo mechando el humor más inocente y absurdo con las historias más tétricas y dramáticas, a veces hasta morbosas, así irrumpió Being Human y lo sostuvo a lo largo de tres excelentes temporadas que iban descubriendo un arco argumental general que a medida que avanzábamos tomaba las dimensiones de una hecatombe mundial.

Y entonces, en la cresta de la ola, se decidió terminar la tercera con algo impactante, inesperado y tan rotundo que nos dejaba ante un panorama peligroso. Y fue algo tan fuerte que, si no llegaste al capítulo, será mejor que no leas a partir de ahora…

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Life’s too short: si te tomás la vida en serio estás perdido (diría Pla)

Warwick Davis tenía 13 años cuando se calzó por primera vez un disfraz que lo tapaba por completo. Con el tiempo, su persona (su cara en menor medida) iría haciéndose conocida en cuanta producción de ciencia ficción o fantasía necesitara un actor pequeño. Pero, como casi siempre pasa, Warwick siempre quedó ligado a papeles secundarios en producciones fantásticas. Fue “el enano”, como él mismo dice, de Star Wars, Harry Potter, Laberinto, Leprechaun, Narnia y Merlín. Tuvo su época de gloria como protagonista de “Willow” la película creada por George Lucas donde Val Kilmer, en pleno 1988, fue relegado a ser su sidekick.

Podrían existir muchas formas de que Warwick Davis hablara de su vida pero, para fortuna de todos, no es a través de la autocompasión. Por el contrario, cuando Davis fue invitado a participar en Extras (aunque “en el capítulo de Daniel Radcliffe”) le propuso a Ricky Gervais y a Stephen Merchant hacer una miniserie sobre su propia vida. Siempre pensada desde el humor ácido y la incorrección, Life’s too Short, desde su título, fue pensada como un retrato irónico de la vida desde el metro de estatura.

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Psychoville: humor para psicópatas

“Los psicópatas no pueden empatizar ni sentir remordimiento, por eso interactúan con las demás personas como si fuesen cualquier otro objeto, las utilizan para conseguir sus objetivos, la satisfacción de sus propios intereses. No necesariamente tienen que causar algún mal.” Wikipedia no tendrá un doctorado en psiquiatría, pero da una descripción de la psicopatía que bien sirve para introducirnos en el lisérgico mundo de esta breve serie británica donde la palabra freak queda corta.

El arranque de la serie utiliza un recurso parecido al que usara  John Boynton Priestley en su gran cuento “An Inspector Calls”, en el que una familia es interrumpida durante la cena por un detective que investiga el suicidio de una joven.  Les va mostrando la foto a cada uno de los miembros del clan a medida que se va descubriendo una gran red de secretos y complicidades relacionados a ella, pero mantenidos en silencio.  Esa foto mostrada poco a poco destapa la historia y moviliza a los personajes desde lo más profundo.

En Psychoville, seis personas reciben la misma carta amenazante sobre su pasado oculto. Son un payaso decadente que anima fiestas para niños a pesar de faltarle una mano y llegar con su destartalado auto cubierto de polvo, un anciano ciego que vive solo en una mansión junto a su enorme colección de muñecos de peluche, un actor de teatro enano con un pasado en el cine porno y supuestos poderes psíquicos, una partera traumatizada con la pérdida de su hijo y un muñeco al que cuida como si tuviera vida y una madre e hijo fanáticos de los asesinos seriales y con una relación incestuosa.

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Sherlock: el detective que nunca muere (pregúntenle a Moriarty)

Hay ideas que no se aseguran ventas por ser originales, pero que si logran dar resultados sobresalientes tienen un mérito muy especial. En Inglaterra, como en Estados Unidos, hay una tendencia siempre vigente de tomar historias clásicas e intentar trasplantarlas a la otros períodos, situándolas además en el mundo “real” (sin elementos sobrenaturales).

El ejemplo de Sherlock guarda algunos puntos de contacto con Being Human, en tanto que busca tomar algo sobre lo que se han escrito bibliotecas y darle un lugar y tiempo como el que vivimos en nuestras habituales y poco mágicas vidas. Ahora bien, lo determinante en ambos casos es que se logran producciones valiosísimas desde todo punto de vista y han logrado tener una identidad propia, en el delicado equilibrio de respetar el espíritu del original y despegarse de los lugares comunes. Sherlock surgió un poco de ese modo.

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Spooks – Temporada 10: el fin de una era

¡Advertencia de SPOILERS!

Ha pasado mucho tiempo desde aquella violenta y shockeante escena en la que una joven agente del MI-5 era asesinada frente a sus compañeros con una freidora. Diez años, para ser más exacta. Eso ocurrió en el segundo episodio de Spooks y sin dudas marcó, junto con  la solidez de su elenco y de sus guiones, algo que caracterizaría a la serie para siempre: la violencia, la crueldad, la facilidad para matar personajes principales sin demasiados miramientos. Pero ahora todo eso ya forma parte de un buen recuerdo, porque hace más de una semana Spooks se terminó… y para siempre.

A continuación, mi opinión sobre la décima y última temporada de esta gran serie de la BBC, haciendo especial énfasis en, por supuesto, el episodio final.

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Blackpool: Elvis está vivo

142.900 habitantes. Superficie de 34.92km². Aeropuerto propio, zoológico propio, parque de diversiones y muchas playas. La escueta información  disponible en internet da una idea del sentido de existencia de esta localidad inglesa llamada Blackpool: el turismo. Y tomando un poco de esa impronta tan al paso, tan de cuidado de las apariencias, la miniserie de la BBC que lleva su nombre muestra la vida de una familia como disparador para hablar de más cosas. Secretos, traiciones, un homicidio y canciones. Ah, y muchos tragamonedas.

Sus seis capítulos de una hora filmados en 2004 cruzan la vida de Ripley Holden , dueño de un casino de medio pelo y padre de familia, con un crimen ocurrido entre sus máquinas de arcade y destapan una trama familiar tan atrapantemente kitsch como todo lo que la envuelve.

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Doctor Who: la Era Moffat

Es difícil hacer una reseña (y que, para colmo, despierte el interés de alguien) sin detenerse en una aburrida explicación de a qué viene todo esto. Entonces resumámoslo en lo que hace falta saber: Doctor Who es una serie de ciencia ficción británica que se transmite, con interrupciones más o menos largas, desde 1963. La historia gira en torno a un Time Lord, alienígena de aspecto humano que viaja por el tiempo y el espacio  en una cabina telefónica de policía (la Tardis).

Dicha esa abrumadora aclaración, vamos a focalizarnos en las últimas dos temporadas de la que podríamos llamar la “nueva generación” de la serie, aquella que se inició en 2005 bajo la tutela creativa de Russel T. Davies (también creador de Torchwood) y con el gran Christopher Eccleston como protagonista. Las dos temporadas en las que aquí haremos referencia, justamente, no cuentan con ninguna de esas dos personas. Steven Moffat es quien ahora se encarga de supervisar todos y escribir algunos de los capítulos. Otro dato accesorio importante: el protagonista ( a partir de ahora El Doctor y si preguntan Doctor qué/quién, ya entendieron el título) tiene la capacidad de regenerarse. Eso justifica que a lo largo de toda la serie hayan existido once actores que lo interpretaron y en esta nueva generación va por el tercero. Y justamente éste, el último, es el que desde 2010 se desempeña como protagonista, a cargo del también excelente actor Matt Smith.

Retomando: esta reseña tratará sobre Doctor Who tal como la vemos en la “Era Moffat”. Las temporadas quen tiene como rey de reyes al guionista de Sherlock, Jekyll y Couple.

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Torchwood: Miracle Day

 

Todavía quedan esperanzas. Hay un lugar, allá en una isla del norte, donde la ciencia ficción sigue siendo un terreno en el cual queda mucho por decir. Donde los personajes no vienen predeterminados, las historias se prestan al juego de mentes creativas sin vicios. En fin, en Inglaterra siempre hay más para mostrar de su particular visión de la ciencia ficción.

Si en reseñas anteriores hablábamos de un bajón bastante generalizado en la TV estadounidense en lo que se refiere al género, afortunadamente llegan los británicos a poner el contrapunto. La última temporada de Torchwood es, de todos modos se debe remarcar, una co producción. El Capitán Jack y lo que queda de su grupo británico de investigaciones paranormales llegan a EEUU y suman al elenco a nuevos personajes, explosiones con el sello de barras y estrellas y, lo que es mejor, sobrevive como una gran serie que no se traiciona.

Recordemos, antes que nada, que Torchwood es un spin off de la maravillosa Doctor Who, algo así como la madre de las series, que desde 1963 y con algunas interrupciones viene haciendo vanguardia en el género desde una visión a veces cómica pero no por ello menos profunda e innovadora. Torchwood comenzó en 2006 como un sub producto con sello propio y tuvo dos primeras temporadas cambiantes, con bajones pronunciados y un resurgir en su tercera mini temporada que dejó a todos sin aliento.

En este regreso para la cuarta ronda, Torchwood presentó una historia distribuida en diez capítulos donde se trazó un nuevo concepto en lo que puede hacerse con esta idea original de Russel T. Davies. 

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Extras: humor impresentable

Ricky Gervais es un jodido. Y puede resultar un jodido genial o un jodido repelente, depende, quizás de cuánto tenga uno de jodido. La cuestión es que este capocómico británico que saltó por un rato al mainstream al despacharse contra celebridades en los últimos Globos de Oro, viene con una carrera repleta de éxitos signados por un humor que le provoca acidez hasta a los propios ingleses.

En esta oportunidad, hablaremos de Extras, una breve serie un tanto auto biográfica, pero sobre todo auto paródica, que Ricky escribió y protagonizó durante dos alucinantes temporadas y un especial de navidad. La historia se centra en su personaje, Andy Millman, un patético actor de reparto que hace hasta las más deplorables artimañas para alcanzar, no ya un protagónico, sino aunque sea unas breves líneas en cuanta producción de cine o TV le toque participar.

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